Humilde o altivo

La altivez y el orgullo son actitudes que constantemente intentan dominar nuestra voluntad, colocándonos en una posición que no nos corresponde y generando una honra inmerecida. No olvidemos que la altivez fue precisamente uno de los pecados principales del ángel de luz, quien quiso exaltarse por encima de Dios.
Los cargos, los ministerios, las posiciones que ocupamos deben recordarnos que todo lo que somos y hacemos es únicamente por la gracia y misericordia de Dios. Jamás permitamos que se instale en nuestro corazón un pensamiento de superioridad, creyendo que somos más o que podemos lograr algo por nuestras propias fuerzas. El apóstol Pablo, un hombre lleno del poder de Dios, admirable en su entrega y revelaciones, incluso habiendo sido llevado al tercer cielo, recibió de Dios un aguijón. Algunos piensan que era epilepsia, otros sugieren otra enfermedad. ¿Cómo es posible que alguien tan usado por Dios tuviera tal condición? La respuesta divina fue clara:

2 Corintios 12:8-10
8 respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. 9 Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 10 Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.


Hay situaciones que atravesamos o que permanecerán con nosotros, porque Dios sabe lo que necesitamos para mantenernos humildes y con los pies en la tierra. Por eso, te invito a reflexionar sobre la importancia de cultivar la humildad en todo momento. A Dios le agradan los corazones quebrantados, no los altivos. La altivez siempre nos conducirá a la ruina. Así que, cada vez que recibas elogios o admiración, recuerda que toda gloria y honra pertenecen únicamente a nuestro Dios, quien nos capacita para hacer lo que hacemos.

Ps. Melvin Poncio
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