
La persistencia.
La fe es más que una herramienta para recibir milagros; es una expresión viva de nuestra relación con Dios. Es el don que nos impulsa a confiar cuando no entendemos, a obedecer cuando duele, y a seguir caminando cuando el camino se oscurece. La mujer cananea en Mateo 15:21–28 personifica esta fe perseverante: se acercó a Jesús con insistencia, sin dejarse vencer por el rechazo ni por el silencio. Su actitud no fue demandante, sino humilde, firme, y profundamente confiada. Su fe no fue medida por lo que obtuvo, sino por cómo permaneció. En tiempos donde muchos abandonan la fe por no recibir lo que esperan, este relato nos enseña que Dios no busca perfección, sino persistencia; no busca palabras correctas, sino corazones rendidos. Jesús no solo sanó a su hija, sino que elogió su fe como grande, porque reconoció en ella lo que desea encontrar en nosotros: una fe que no se ofende, que no se rinde, que cree más allá de la respuesta.
Mateo 15:24-28
24 Él respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 25 Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! 26 Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. 27 Y ella dijo: SÃ, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. 28 Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.
Ps. Melvin Poncio
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