¿ SABES ADORAR?

Juan 4:20-24
20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. 21 Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. 24 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.


La adoración ocupa un lugar fundamental en nuestra vida cristiana. Sin embargo, hoy vemos cómo muchos adoradores tanto nuevos como reconocidos se han acostumbrado a “sentir” a Dios en ciertos momentos y creen que esa experiencia es suficiente para seguir adorando de la misma manera. Es preocupante asistir a un culto y no experimentar la presencia de Dios en la adoración, porque esta no depende de estilos, canciones favoritas o emociones pasajeras, sino de una entrega genuina y personal.
Adorar significa rendirse y humillarse ante el Dios que todo lo sabe y todo lo puede. La mujer samaritana adoraba, pero Jesús le mostró que no lo hacía correctamente. Esto nos recuerda que podemos creer que estamos adorando bien, cuando en realidad no lo hacemos como Dios desea. Él busca adoradores en espíritu y en verdad, personas dispuestas a rendirse por completo, dejar su humanidad y humillarse ante el Dios fiel.
No podemos afirmar que adoramos a Dios si nuestra vida permanece igual. La samaritana adoraba, pero su condición no cambiaba: seguía en pecado. Cuando Jesús reveló su realidad, ella quedó sorprendida. Así ocurre cuando la adoración no se hace conforme a la voluntad de Dios: no hay transformación.
Para ser verdaderos adoradores debemos humillarnos y reconocer delante de Jesús aquello que no le agrada, buscando mejorar. Dios demanda una obediencia constante, no condicional. La adoración no depende de nuestra situación; incluso hoy, que tenemos un acceso más sencillo a Dios que en el Antiguo Testamento, debemos adorar con todo nuestro corazón.

¿Cómo pretendemos llegar al cielo si no adoramos como Él quiere?
La adoración es una actitud incondicional hacia Aquel que lo dio todo por amor a nosotros.
Hoy te invito a reflexionar sobre tu adoración. Pidamos perdón por haberla convertido en un acto religioso vacío y busquemos ser los verdaderos adoradores que Dios anhela: aquellos que lo adoran en espíritu y en verdad con vidas trasformadas día tras día.

Ps. Melvin Poncio

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