
Valorando la casa.
La manera en que valoramos las cosas revela mucho sobre nuestro corazón, especialmente cuando consideramos qué estamos valorando y qué lugar ocupa en nuestras vidas.
Por ejemplo, cuando salimos de casa, aunque el lugar que visitemos sea hermoso y atractivo, tarde o temprano sentimos nostalgia por nuestro hogar. Hay una paz especial en la casa que Dios nos ha permitido tener. Tal vez no sea la más moderna ni la mejor equipada, pero es el espacio donde nos sentimos seguros, tranquilos y en confianza. Es un lugar que valoramos profundamente, y creo que todos podemos identificarnos con ese sentimiento.
Salmos 84:1-4
¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo. Aun el gorrión halla casa, Y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, Cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío, y Dios mío. Bienaventurados los que habitan en tu casa; Perpetuamente te alabarán. Selah
Sin embargo, la casa de Dios debe ocupar un lugar aún más alto en nuestra estima. Es el lugar donde Él nos ha plantado, donde nos convoca para adorarle, orar, escuchar su palabra y presentarnos con gratitud por su bondad. La casa de oración que Dios ha levantado merece una valoración especial, una reverencia que refleje su santidad. El salmista David lo expresó con profunda convicción: “Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos”. (Salmos 84:10)
Por eso, te invito a reflexionar sobre el valor que le damos a la verdadera casa de Dios. Que nunca dejemos de congregarnos cuando tengamos la oportunidad, y que aprendamos a apreciar el privilegio de tener un lugar para adorar, especialmente cuando muchos no lo tienen o enfrentan persecución por hacerlo. Valorar la casa de Dios es reconocer su presencia entre nosotros.
Ps. Melvin Poncio
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